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martes, 2 de noviembre de 2021

El último mes


Mi querido y maltrecho Mac de segunda mano, que alegría me da estar acariciando tus suaves teclas, en comparación con las del enorme y profesional PC del trabajo. Hoy es un día feliz, porque tengo tiempo: mi primer día libre (entre semana) en un mes. Los fines de semana son para mi esposo, el coro y la misa, y no tengo tiempo para este tipo de cosas como escribir. 

Sucede que el primer lunes de Octubre emprendí una nueva aventura que implicaba dos cosas que nunca había hecho en mi vida: 

1. Trabajar tiempo completo.

2. En algo no relacionado con mi profesión, en este caso, Call Center. 

Me di la oportunidad porque tengo un par de deudas no pequeñas, y me urge salir de una de ellas este año. 

Afortunadamente tuve un mes para prepararme, porque me confirmaron que pasé a la vacante a principios de Septiembre. De esta forma pude ir haciéndome a la idea, y saborear con más cariño lo que iba a dejar atrás: Cantar misas entre semana, a mis estudiantes, y tiempo para las cosas creativas. Además, duré 5 años disponible a mi familia para lo que se ofreciera gracias a la informalidad de mi vida laboral, y eso iba a terminar...

Dios es tan injustificablemente generoso que todo se dio con la mayor suavidad posible. La primera semana de entrenamiento consistió en reuniones y cursos virtuales, y para finales de la segunda semana comenzamos el trabajo real, pero con mucho respaldo y consejería. En esta primera fase recordé lo que era ser parte de un grupo heterogéneo, la emoción de conocer gente nueva, y que soy de risa fácil. Estar tanto tiempo sentada frente al computador era duro, pero yo me las arreglaba para hacer mis cosas también, como tejer y tocar teclado o practicar tiple, lo que lo hacía bastante llevadero. 

Sin embargo, para el martes de la tercera semana ya teníamos que atender llamadas todo el tiempo, y el choque fue duro. Mi trabajo es Servicio al Cliente para los Estados Unidos, atiendo 100% residentes de allá, y aunque hay gente muy amable, no es que llamen para felicitar, llaman siempre porque tienen algún problema. Empecé a sentir terror de recibir llamadas desde el primer momento de esa semana, miedo, literalmente. Temblaba esperando las llamadas, sentía frío el pecho a pesar de estar abrigada, y cuando mi esposo se despedía de mí en las mañanas me daba una especie de guayabo, angustia de tener que quedarme sola con la gente gringa. A pesar de eso, ya por la costumbre de tener buen trato con las personas, me fue bien, y mis números han sido buenos. No voy a decir que las malas expectativas no se cumplieron, he tenido llamadas muy malas. Y ahí sí que tomar llamadas todo el tiempo no me dejó espacio para nada más, porque los descansos los uso para hacer oración, limpiar la casa o acostarme a ver el cielo por un momento. Ni siquiera me dan ganas de comer. Intento tocar algo de piano por las noches pero quedo tan cansada que se me cae la cabeza del sueño. 

Así han sido la tercera y cuarta semana, y así será esta, pero ya después de todo este tiempo yo me conozco, y sé que soy muy "millenial": me frustro fácilmente y me rindo. Esta vez no quería que fuera así y con mucho esfuerzo he aguantado hasta este momento, y después de solo un mes ha cambiado la forma que tenía que de ver muchas cosas: 

- El trabajo: Yo veía que la gente trabaja largas horas y se siente realizada, y pensaba que me iba a sentir útil y llena por dentro por tener qué hacer durante todo el día. Pero supongo que depende mucho de la persona y el oficio. Yo termino mis horas añorando hacer algo que me eleve un poco: leer, tener conversaciones profundas, escuchar música antigua... Porque veo carros de mercado virtuales todo el día llenos de cosas y más cosas no indispensables, y tengo conversaciones acerca de dinero. Cuando un cliente se abre como persona es lo más maravilloso, pero eso es 1 caso de 20. 

A veces pienso que el trabajo es para gente que no tiene nada mejor que hacer. Yo tengo muchas cosas mejores que hacer. 

- El dinero: Nunca en la vida me había ganado lo que me hice este mes, y esto me motivaba mucho. Pero cuando llegó el sueldo la semana pasada, no me sentí eufórica, ni mucho mejor... Es decir, no vi el suceso tan grande como pensé. Es como si después de tanto tiempo de no tener dinero ya no fuera tanto, y menos mal, porque así soltarlo para pagar mis deudas no me va a doler. 

- Mi edad: Soy de las personas mayores en general y no solo en el grupo de recién llegados, mis trainers y mis advisors son menores que yo también, y esto me ha cambiado la percepción que tenía de mi misma, porque la edad no solo se me ve en las manchas que tengo en la cara, sino en que tengo más serenidad y gravedad, me siento con peso. Es un alivio porque no quería ser de esa gente que se aferra y se estanca en la inmadurez. 

- Mi tiempo: Después de un mes me arrepiento de no atesorar aún más el tiempo que tuve y no gastarlo mejor. Pude haber visto mucha menos televisión, y pude haberme tomado más en serio mucho de los proyectos que empecé y no terminé. Si tengo la oportunidad me aplicaré a terminar todo eso. 

He seguido aplicando a vacantes de empleo y es muy probable que esta sea mi última semana en donde estoy porque me han llamado de dos lugares, y en ambos trabajaría menos horas. Interesante la forma en que Dios ha dispuesto todo... Creo que Él permitió este empleo para que yo soltara mi ego y me dejara llevar, y ahora me pone oportunidades menos intensas para que retome mi vida remplazando el tiempo inútil con trabajo, y dejando el tiempo libre para que me concentre mejor.

Lo importante es que me conceda dedicarle mi talento a Él, y deleitarme en las cosas bellas y altas que implican conocerlo a Él. De verdad quisiera no volverme a perder la Fiesta de Todos los Santos, que tuve que perderme ayer por trabajo. Por lo menos la de los Fieles Difuntos de hoy no me la pierdo. 

Que se cumplan los deseos de su Sacratísimo Corazón. 


miércoles, 30 de junio de 2021

Acerca de los 30...

 Ayer cumplí 30 años, llegué al tercer piso... Y mi esposo podrá atestiguar que no es que me resbalara, un par de veces me encontró con la cabeza entre las manos diciendo que los 30 me encontraban sin muchos logros que se esperan de una persona a esta edad. Pero bueno, él me tranquilizó haciéndome ver que no es como que cumplo 30 y aparece una pared o un policía, que no me van a permitir seguir esforzándome  para cumplir mis sueños, o crecer aún más como persona y mejorar en cada aspecto de mi vida.  

Una de las cosas que me asustaban de cumplir 30 era que uno cada vez es menos flexible, y me parece que a los 30 la personalidad ya está prácticamente completada y establecida. Mi mamá suele insistir en que entre más mayor uno, más difícil es corregir vicios y cambiar la forma de pensar, que al contrario, los rasgos se acentúan cada vez más. Estoy segura de que todos podemos observar esto en tíos, tías, abuelos y padres.  No obstante, ahora veo que mi mamá lo insinuaba en ambos sentidos: también lo bueno se va acentuando, y las virtudes que uno fomentó se empiezan a volver cada vez más fáciles de practicar, hasta que son completamente naturales. 

Es como mi abuelita que tiene Alzheimer. Ella toda la vida fue muy alegre y dulce, esa era su Luz Primordial, las virtudes que la caracterizaban, y ahora que no tiene idea de donde está parada, es solo alegría y cariño el 90% del tiempo (porque con toda razón, hay días en los que se asusta de no saber qué pasa y con quién está, pero son mínimos). 

Si en un principio me angustiaba saber que subo al tercer piso con un poco de mañas sin solucionar, solo tuve que reflexionar un poco para ver que también tengo características buenas muy específicas que brillaron en los altos, pero también de los bajos que he vivido, y no debería subestimarlas, sino servirme de ellas para seguir adelante. 

Es claro que ahora tengo mucha más vida y circunstancias y aventuras a las cuales referirme, en contraste con mi cumpleaños de 20. Hay mucha vida por delante, pero también hay una cantidad importante de vida atrás que hace que uno se sienta con peso, con profundidad. En este punto me siento ineludiblemente yo, y ya con los zapatos ablandados y acomodados para seguir caminando. 

Entonces cumplir 30 no fue tan malo...



lunes, 24 de mayo de 2021

Recuperando el ritmo - La rutina es importante

 Hace un mes, mi esposo amanecía enfermo. Le tomaron la prueba, y resultó positivo para Covid 19. Unos días más tarde yo presentaba síntomas y mi prueba salía positiva también, para coronar unas semanas que se sintieron convulsas. 

Los síntomas "externos" desaparecieron la semana siguiente y a mí solo me quedaba la tos, o eso creía. Se supone que ya han pasado 4 semanas, y yo siento que hasta este sábado pude recuperar el ritmo, por eso distingo esos síntomas "externos" de otros menos obvios causados por el virus: la fatiga y pérdida del olfato; y otro derivado del tiempo de recuperación y aislamiento al que llamo "confusión". 

No me había dado cuenta de que no tenía suficiente energía, hasta que tuve energía y por fin, ganas de hacer las cosas y no constante somnolencia. Resulta que no había tenido ánimos para hacer nada, a lo que se sumaba que la pérdida del olfato me hacía frustrante cocinar, y le había dejado las comidas a mi esposo. Llevaba largo tiempo forzándome a hacer lo mínimo: quehaceres de la casa y trabajos que iban saliendo, pero cero lectura, cero escritura y muy poco de práctica de canto y piano. Muuuuucha televisión, series y películas, eso sí, una siesta al día, y nada de noción del tiempo, lo que para mí es insoportable porque me gusta sentir el paso del tiempo con exactitud. 

No salí a dictar clases, ni a ensayos, ni a misa, y sin esa percepción del calendario vino mucha confusión. No sabía qué día del mes era, y tengo varios compromisos en Junio que preparar, pero no sabía cuántas semanas faltan, y por lo tanto cuánta intensidad ponerles. No sabía cuándo cambié el mantel del comedor, o cuándo lavé la ropa delicada... Y no era capaz de hacer memoria, sentía la mente nublada... Me tocó revisar día por día en mi agenda para entender cómo retomar este fin de semana, cuando por fin sentí ánimos. 

El sábado tenía quehaceres domésticos que realicé con energía, leí, practiqué largamente piano, y sobretodo, me atreví a preparar el almuerzo, pues tengo algo de olfato ahora. Luego mercamos, y volvimos a ensayo con nuestro coro después de un mes de ausencia. Ayer cantamos la misa de la fiesta de Pentecostés, luego retomamos nuestra rutina de limpieza del apartamento, y vimos una película por la tarde. Hoy me desperté con la certeza de que es lunes, y retomando mis proyectos, he tenido una mañana muy productiva. Por ejemplo, recordé que tengo este blog, y cuento con la suficiente claridad mental para escribir. Sé exactamente todo lo que voy a hacer hoy, y también programé la semana entera en mi agenda. 

Siempre me programo con anticipación porque tengo que gestionar mi propio tiempo, y por lo general me funciona porque llevo años conociéndome y conociendo a las personas, y mi rutina actual es el producto de años de perfeccionamiento. La interrumpí en Abril para trabajar en el jardín, y en Mayo para recuperarme. Ya completamente sana, no necesito mucho esfuerzo para volver a ella, al contrario, fluye. Me siento por fin tranquila, y completamente de vuelta a la normalidad. 



jueves, 29 de abril de 2021

Un Abril muy loco, semana por semana

 Estoy escribiendo desde la cama, algo que no hago desde que vivía con mis papás porque aquí tengo mi propio estudio, disponible para mí cuando quiera. Lo que pasa es que tengo fiebre y escalofríos, y como está lloviendo torrencialmente no quiero perder el calor de las cobijas. Esta última semana de Abril ha sido en la que mi esposo y yo salimos positivos para Covid. No me sorprende que tuviésemos las defensas bajas, no ha sido un mes fácil, incluso desde antes de comenzar ya había caído muchísima presión en Abril. 


Todo comienza el lunes anterior a la Semana Santa, cuando voy a una entrevista de trabajo de forma rutinaria, sin entusiasmo, porque sé que no tengo la experiencia para que me contraten, y me llevo la sorpresa de que la entrevistadora me está convenciendo de que acepte, en lugar de preocuparse de si soy apta o no. La vacante es para profesora de música en un jardín infantil. Me cita el viernes para la última prueba, que sería darle clase al grupo de los más grandes y al de los más pequeños. La razón por la que no tengo experiencia en primera infancia es porque, más que no sentir interés, el campo me genera rechazo, y paso martes y miércoles pensando con esfuerzo en si ir a la última prueba, porque tengo la impresión de que me van a contratar. Finalmente decido que sí, porque sería interesante probar tener un ingreso fijo, en vez de la inestabilidad de las clases particulares, y las misas y matrimonios que salen de vez en cuando. Asistí entonces a la prueba, sacando todo de mí para mantener a esos niños involucrados, e inmediatamente después ya me estaban abriendo el usuario del Microsoft de la empresa. El lunes de Pascua sería mi primer día. 


Llegó la Semana Santa, y los primeros días me dediqué a estudiar sobre las etapas de la primera infancia, y a buscar material. Luego vino el Triduo Pascual en el que tuve la bendición de cantar, y ahí me distraje mucho, y no pensé tanto en el trabajo que iba a comenzar. 


La semana de Pascua comencé a trabajar, y cada día fue terriblemente abrumador. No conseguía la atención de los niños, debía moverme mucho y hacer mucho ejercicio, las asistentes que acompañan a los niños me pedían que hablara más duro... Y daba más o menos la misma clase entre 4 y 6 veces al día. Hoy pensar en la figura de las dos corcheas (fuera de una pieza musical, claro está) me causa mareo. El trabajo solo era en las mañanas, y cada tarde llegaba a mi casa agotada, y en un estado mental apático en el que lo único que me provocaba era ver televisión, me aplastaba en mi sofá por dos o tres horas. Hablé con algunas personas acerca de cómo me sentía y todos me animaban a seguir, entonces pensé que debía vivir semana por semana, y así el tiempo se iba a pasar rápido. 


La segunda semana perdí aún más el control de algunos grupos porque ya me habían cogido confianza los niños. La indisposición psicológica no disminuía, y estaba empezando a desesperarme. No estaba enseñando nada, solo me pedían entretener a los niños, y siempre me quedaba corta en eso a ojos de mi jefa; además, yo rara vez me enojo, pero ese era mi estado constante allá, y así era para las demás profesoras, porque a esas edades esa es la dinámica. Recordé que una amiga me había enviado un libro acerca de una teoría psicológica, y pensé que tal vez si lo leía podía encontrar cómo dejar de sentirme tan mal. Resultó que según ese libro, mi perfil se ajusta casi perfectamente al de la persona con "abandonment issues", con una herida de abandono en la niñez. Me asusté porque la mayoría de rasgos físicos y de la personalidad del perfil concordaban conmigo. Cuando llegó mi esposo esa noche le conté todo, le leí algunas partes, y él me ayudó a ver porqué a esa teoría le era imposible sostenerse, y que no era algo para tomarse muy en serio, así que quedé más tranquila. Pero algo me había dejado la lectura, y fue una especie de hastío con mi forma de ser, sobretodo con la parte de siempre querer hacer sentir bien a los demás, y de que me aterroriza caerle mal a las personas. Eso no puede estar bien. Fui a una de mis clases particulares una de esas tardes, y la mamá de la niña, que es una súper ejecutiva triunfadora del mundo, me tuvo 40 minutos comentándome que me veía estancada, que no podía ser que una persona con maestría en otro país e idioma y tantas habilidades como yo, sea feliz aquí dándole clase a niños. De primerazo pensé que sí soy feliz dictando clases particulares a niños y adolescentes, pero luego recordé que hace 7 años, cuando empecé, las clases eran un plan de contingencia mientras encontraba la forma de vivir del canto y desarrollarme en la composición. No necesariamente voy a dejar de dar clases, no obstante, ¿Qué pasó con esos sueños y planes? A veces le digo a las personas que si hubiese sabido lo gratificante que era dar clases, tal vez habría hecho el énfasis en educación musical, sin embargo no lo hice, porque lo que siempre me ha gustado ha sido la composición, así al finalizar la carrera no fuera muy buena; y por supuesto, cantar. 


La tercera semana comenzó con una celebración con amigos el Domingo, a la que asistí no con poca apatía, y en la que me excedí comiendo. Como era de esperarse, el lunes amanecí enferma, y toda esa semana sufrí de mi primer episodio de colon irritable. Dos de los días de la semana no pude asistir al trabajo. Lo peor eran los dolores que me daban, que no aliviaban los medicamentos, tal era el malestar que este Covid no se le compara. Cuando para el jueves ya estaba bien y podía pensar con claridad, tomé la decisión: Tengo que terminar lo del jardín. Lo hablé con mi esposo, y él estuvo de acuerdo, es más, me dijo que no había encontrado paz en la casa prácticamente ningún día desde que empecé a trabajar, y que por eso le parecía lo más sano. El sábado organizamos unas cajas y una biblioteca del estudio, y encontré un montón de papeles motivacionales que colgaba en mi cuarto de Inglaterra y algunas de mis "obras de arte" de cuando estaba en la universidad, los cuáles me hicieron sentir conectada de nuevo con mis ilusiones, y con mi parte más creativa y artística. Llena ya de confianza, le escribí a mi jefa que esta semana sería mi última semana. Me gustaría añadir que nunca me sentí muy bienvenida en el jardín. El personal no tenía mucho tiempo para mí, hasta el punto de que nunca firmé contrato, aunque mi jefa está segura de que sí. Sé que no, porque saqué muchos de los documentos requeridos hasta la semana pasada, y es que LITERALMENTE no recuerdo haberlo hecho.




La cuarta semana es esta, Abril termina mañana. Coincidentemente, el gobierno suspendió las clases presenciales de colegios y jardines, y no tuve que asistir. El martes mi esposo amaneció con síntomas y fuimos a que le hicieran la prueba. Lo cuidé ese día, y ayer empecé con los síntomas, que se han agravado hoy. Hace unas horas mi jefa me escribió para decirme cuánto trabaje y cuánto me van a pagar, la cosa es que, o yo entendí mal, o no están honrando el trato que me ofrecieron, pues me están pagando las clases que dicté, y no las horas que estuve ahí, que fueron el doble, porque a dos grupos se les olvidó asistir a clase. No quiero pelear, porque nunca sentí que hubiera recepción de lo que yo decía, era como si no les importara mucho mi persona. Voy a recibir mucho menos dinero del que pensé, y se supone que acepté el trabajo para mejorar mi situación financiera...


Este mes perdí a varios de mis estudiantes particulares, y en Mayo pierdo a otra más, que se va a vivir a otro país. No tengo certeza de que vaya a recuperar mi ritmo de clases pronto, pero entro a Mayo como una persona distinta. Voy a reducir mis gastos personales a lo mínimo, me lo he propuesto para que podamos ahorrar algo, y voy a dedicar mis mañanas a trabajarle a dos proyectos, uno literario y uno musical que dejé empezados hace tiempo. Pensé, ¿qué pasa si le dedico "jornadas laborales" a trabajar en mis sueños? Tengo que intentarlo, así sea por un mes. 


Los mantendré al tanto, por ahora, ¡¡bienvenido Mayo!!



miércoles, 17 de marzo de 2021

Compitiendo contra el "Autotune", la tentación del Melodyne

Estoy acostumbrada a escucharme grabada "profesionalmente" desde que estaba en la universidad, y hace mucho que pasé la fase de "¿esa es mi voz? ¡es horrible!" por la que veo pasar a mis estudiantes al escucharse en los videos que se toman. 


No obstante, el año pasado, gracias a la Cuarentena, debuté en algo que nunca había hecho: Mezclar las voces de la Schola Gregoriana de mujeres a la que pertenezco, para los videos que hicimos en un esfuerzo por permanecer activas. Como soy profesora de canto, estoy acostumbrada a que las personas no canten perfecto, y hacía mi mejor esfuerzo para balancear las voces y que todas nos escucháramos sin que se afectara la afinación y la musicalidad. Como no cuento con ningún software de corrección de tono (o no sé cómo hacerlo en el programa que tengo), jugaba con los volúmenes, filtros, etc., resaltando a las personas más afinadas y de voces más redondas. 


Hicimos muchos videos, y los pueden encontrar aquí: Schola Gregoriana MMD. Pero llegó un punto en que empecé a escuchar mal el producto final: impreciso, desafinado e inmejorable a pesar de trabajarle y trabajarle. El 2020 terminó y yo empecé a preguntarme si tal vez debería bajarme el Melodyne, y vi un video en el que el tipo habla de cómo TODAS las grabaciones profesionales pasan por algún proceso de corrección; así sea más evidente en las que tienen lo que la gente llama "el efecto autotune", es decir, la voz robótica. Con mayor razón pensé que para estar al día y a la altura, debería incluir la corrección de tono de ahora en adelante. Entramos en el 2021, y todavía no había ningún proyecto grabado que hacer. 


Recientemente me pude ver el musical Hamilton, que ya me sabía de memoria porque me la pasaba escuchando el álbum. Para mi sorpresa, me decepcioné de entrada porque el audio del video es inferior a lo que yo estaba acostumbrada a escuchar con buenos audífonos en el álbum, que debe tener la súper producción. No escuchaba las voces llenas ni plenas, ni precisas, y me hacía falta un buen tercio de los arreglos instrumentales. Me quedé pensando... 

A mí me gusta el maquillaje, y he escuchado varias experiencias de youtubers de maquillaje con defectos notables en la piel, a las que la gente ataca e insulta porque "engañan" cuando se ponen base de alta cobertura y sus pieles pasan por perfectas; también recuerdo cuando se puso de moda la polémica alrededor de Photoshop. Está muy claro que es gracias a estas herramientas que en el mundo visual se imponen unos estándares imposibles de apariencia física... Y en ese aspecto yo vivo más o menos tranquila, sin hacer mucho caso, cuidándome, sabiendo que mi esposo me ama como soy, tratando de verme digna y bonita, pero abrazando la cara y el cuerpo con que Dios me hizo. 

¿Por qué no se habla tanto de este fenómeno con las voces, en el mundo de las apariencias sonoras? Debe ser prácticamente imposible que una voz cante todas las frecuencias exactas de una canción de 4 minutos, y que además no se le salga un gallo, una carraspera, o que tenga un registro más débil que el otro. ¿Por qué tendría que ser así? Las grabaciones y las fotografías tienen muy poco tiempo en la existencia de la humanidad. Antes de ellas, la música era bella, siempre en vivo, y los intérpretes trabajaban mucho para hacerlo muy bien, sin saber si matemáticamente estaban bien... porque me da la impresión de que lo que se disfruta de la música no es la exactitud milimétrica en la afinación y el ritmo, sino el hecho de que se conecta con las emociones y transmite algo... 

Nuestra Schola está empezando y está bien si no somos absolutamente impecables ahora. Creo que si comienzo con la corrección de tono, luego me volveré completamente dependiente... Tal vez es mejor poder ver el proceso, y las mejoras que llegan con el trabajo.  

lunes, 22 de febrero de 2021

Cuaresma en el siglo XXI: Ayuno de Instagram


Llegó una vez más, como cada año, la Cuaresma, el tiempo que tenemos en la Iglesia para prepararnos para la Pasión y luego la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo,  con especial énfasis en el examen de la propia vida y la reparación. Mis propósitos para este año venían siendo los mismos del año pasado: Cumplir con la abstinencia y el ayuno los días indicados, no comprar comida entre comidas, no ver televisión, y hacer algo más de oración que de costumbre. Sí, así de floja seré, pero bueno, cada uno tiene su camino y va a su ritmo. 

Ya pasaron los primeros días de Cuaresma, y con esmero he ido llevando mis propósitos, sin embargo, anoche pasé el tiempo que pasaba normalmente frente al televisor, mirando y mirando el feed del Instagram. Había algunas fotos de tejidos, pero ayer no estaba como para admirarlos, al contrario, me puse a pensar en lo nada prolijos y principiantes que eran mis últimos tejidos publicados. Luego había fotos de conocidos, ni siquiera amigos... Curiosamente, mis amigos más cercanos no publican con frecuencia, su presencia es incluso nula en las redes. En vez de alegrarme por los triunfos y aventuras de mis conocidos, sentí envidia de la cantidad de "Likes" que recibían, en contraste conmigo. El humo negro y espeso de la turbación comenzó a embargarme, y me acosté a dormir atribulada por semejantes superficialidades y estupideces. Esta mañana me levanté con la idea de que tengo que ayunar de Instagram urgentemente. 

Recuerdo que hace 4 años hice un ejercicio similar. En esa época no tenía cuenta en Instagram, pero sí tenía Facebook, YouTube, Netflix y un montón de jueguitos como el Candy Crush. Recuerdo aún la toxicidad y el malestar que me daba el Facebook en especial, sin mencionar que perdía muchísimo tiempo en esas cosas. Está todo documentado en este blog: 

https://clemevangelina.blogspot.com/2017/04/el-experimento-introduccion.html

Aquella vez no logré despegarme del todo de estas cosas en el tiempo que me propuse, pero sí que le pude poner un orden al asunto, y desde ahí, me controlo bastante. Pero dos redes nuevas han aparecido desde entonces: Pinterest e Instagram. En Pinterest guardo ideas de tejidos, vestuario e imágenes bonitas, es decir, uso la plataforma para lo que está hecha. Acerca del Instagram, pensaba en un principio que sería bueno para vender mis tejidos y tener un portafolio profesional, y me gustaba porque sólo se comparten fotos y en general es bastante libre de política, no me imaginaba la travesía emocional la que he vivido ahí. 

Sucede que en los 3 años largos que llevo en el Instagram, solo he vendido una vez algún tejido. Luego empezó el frenesí de los likes. Empecé de un momento a otro a sentir la necesidad de competir con todo el mundo por cantidad de likes, y nunca, nunca he ganado, soy de las personas más impopulares que conozco. Sentí el dolor de la decepción, pero no un dolor nuevo, porque la situación se parecía mucho a mi vida en el colegio: las personas populares, lindas y sociables del colegio, ya adultas, obtienen muchísimos likes; y yo, que era muy nerd y poco querida, o al menos así se sentía, lo sigo siendo en cuestión de números en las redes sociales. Quise borrar mi cuenta de Instagram, pero por esas fechas me llegó un comentario de un nuevo seguidor extranjero, de que mi galería era muy estética e interesante, y decidí más bien concentrarme en construir una galería bonita, llena de dibujos, tejidos y videos míos con música, es decir, que no fuera tanto un "culto" a mi cara. 

En eso íbamos, pero el veneno vuelve, y tiene quizá mucho que ver con mi personalidad y mis propias debilidades. Soy artista, después de todo, me gusta exponerme, y trabajo mucho en lo que muestro. Se me presenta la tentación de querer ser una celebridad, así como lo son las personas a las que sigo... Pero entonces pienso... ¿ellos sí serán celebridades? y luego pienso en las verdaderas celebridades y sus vidas infernales... Y luego me acuerdo de mi vida real. 

Así tendré de lavado el cerebro que a veces se me hace más real la vida que pongo en las redes que mi propia vida. La persona que soy en las redes, ciertamente es quién quisiera ser, pero quien estoy siendo, donde verdaderamente me pongo en acción y saco lo que soy, se desenvuelve aquí afuera, con mi esposo, mi familia, mis estudiantes, mis coros. Tengo un apartamento pequeño que es la galería del verdadero uso de mis tejidos, tengo estudiantes y coros a los que sirvo con mi voz todos los días. 

No tengo ni idea de cómo están realmente los conocidos cuyas vidas envidio, ni la más remota idea, y muy poco interés, la verdad sea dicha. Y no creo que sea mala persona por no querer saber, tengo mis allegados, que si necesitan mi atención. ¿A qué estamos jugando entonces? Porque si no es una especie de competencia de a quién le está yendo mejor, será por el morbo de estar ahí para saber si todos estamos bien, y quién no está bien... En fin. En este punto ya habrá libros al respecto.

Yo sólo sé que voy a abstenerme de abrir mi Instagram durante toda la Cuaresma, y cuando terminé decidiré qué tanto lo necesito, si vale la pena conservarlo.

domingo, 11 de octubre de 2020

Proyecto final del curso de Introducción al Storytelling

 Una de las cosas que hice durante el encierro fue un curso de Introducción al Storytelling, orientado al marketing. Me llamó la atención porque me gusta mucho escribir. 

El curso giró en torno a 5 relatos para darse a conocer mejor y dar a entender lo que uno hace como profesional o marca. Pero había un sexto relato: el que se saca en caso de emergencia, el que se usa cuando uno ve que no se está haciendo entender y toca devolverse y emplear la empatía para recuperar la atención de la audiencia: el relato "sé lo que estás pensando". 

Mi proyecto final del curso fue un relato "Sé lo que estás pensando" de mí para mí, porque hay momentos en la vida en que uno no sabe muy bien para dónde va, y toca dar dos pasos atrás, tratar de comprenderse y retomar. 


Aquí lo comparto: 

Te veo que vacilas, y sé lo que estás pensando: ya pronto cumplirás 30 y esta no es la vida que imaginaste. Pudiste estudiar música porque tus padres vieron que eras buena estudiante y que tu disciplina y sentido de la responsabilidad te sacarían adelante, y entraste joven a la universidad, con un sueño en el bolsillo que no compartiste con nadie. La voluntad no alcanzó para mantener la mirada fija en el objetivo, y cuando llegaron los obstáculos, simplemente cambiaste el rumbo: No tenías el carisma para ser cantante, y te fuiste a composición; no tenías la audacia para ser compositora, hiciste una maestría en musicología; pero quedaste tan hastiada que no le has dado la oportunidad a la musicología.

Pude ver que tus propios relatos no te convencieron. No sabes muy bien lo que quieres, lo leí a la perfección porque soy tú. Dadas las circunstancias, deberíamos empezar de cero. ¿Qué tal si sacas de tu bolsillo ese sueño con el que entraste a estudiar música y vemos como lo podrías retomar?

La música sí es tu vocación, mira todo lo que has hecho, a pesar de no perseverar. ¿Qué tal si probaras perseverar más tiempo en cada cosa? 

viernes, 7 de agosto de 2020

Música para escuchar, para estudiar e interpretar

 Entre mis aventuras de cuarentena en Bogotá están: primero, aquello de tener que aguantar músicos en la calle que te obligan a escucharlos desde tu casa, no importa si estás dictando clase de música o ensayando tu propio repertorio, ellos irrumpen con sus parlantes a todo volumen y hay que sufrirlos, ya sea porque la calidad de la interpretación es mala, ya sea porque simplemente el género no es del gusto de uno. Segundo, discusiones que he tenido acerca del valor de la música hecha por aficionados pero con amor.

Los dos temas me han traído de vuelta a algo que venía pensando hace tiempo: que debo distinguir entre la música que me gusta escuchar, la que me gusta para tocar, y la que me gusta para estudiar y mejorar mi técnica, pues me salen facetas diferentes como músico: la de "consumidora", la de "artista" y la de "estudiante". 

Voy a empezar con la polémica de la música hecha por aficionados. Ellos argumentan que es mucho lo que les aporta la música aprendiendo a interpretarla, lo cual entiendo a la perfección porque soy profe. Es hermoso ver cómo los estudiantes, o las personas que no saben y hacen música como pueden (ej: coros de parroquia), le ponen todo el compromiso y la pasión, y van creciendo con el tiempo en su técnica e interpretación. Yo misma me encuentro ahí en mis estudios de instrumentos que no son la voz, y me encanta saber que por fin puedo tocar Bach en el piano, así no sea una interpretación de concierto, es algo que me hace sentir realizada, y que crezco en la técnica de teclado y en virtudes como la disciplina; Es mi faceta de "estudiante". Pero eso no significa que vaya a poner las grabaciones de mis estudiantes o del coro de la parroquia en la casa para entretenerme o relajarme, porque todo el tiempo voy a estar preocupada de que no lo hacen perfecto y no voy a disfrutar la música como tal. Tampoco quisiera poner los trabajos para teclado de Bach, me gustan para tocarlos, pero no para escucharlos, y esto sí es cuestión de gustos.

Debo decir que no pondría para relajarme mis propias canciones, o mis covers. Es más, hace años que no oigo las canciones de las que tengo covers, porque las escuché demasiado para sacarlas, adicional a que en algún momento mi versión comenzó a distar mucho de la original. Cuando toco mis propias versiones vuelco mis emociones y todo mi interior en ellas y las canto como si las hubiese escrito. Cuando necesito de esas canciones, y de mis propias canciones, necesito cantarlas yo misma, no escucharlas, porque debo sacar eso que siento para sublimarlo y liberarlo, porque una emoción que me hace sacar o componer una canción es demasiado fuerte para contentarse con escuchar, o no existe canción que la exprese. Al menos así me pasa a mí. Aquí soy yo como "artista". 

Entonces para escuchar, me gusta cierta música, que puede o no ser compatible con lo que estudio o interpreto, pero que tiene que ser bien interpretada o producida, la calidad debe permitirme disfrutarla como lo que es, sin tener que fijarme en asuntos técnicos. Y puede que además, haya música que me gusta especialmente en vivo, en espectáculo, como son las papayeras, por ejemplo, y la música sinfónica, que prefiero mil veces en concierto que en grabación, porque esos tambores y gaitas, y esas cuerdas y vientos me atraviesan con la plenitud de su sonido de una forma sobrecogedora, lo cual sólo es posible si uno está al lado. Aquí soy yo como "consumidora". Supongo que entre los músicos lo que hacemos es que bebemos de otros en una especie de círculo solidario: alguien hace la música que tú amas escuchar, y otra persona ama escuchar la música que tú haces. 

Hay músicas en la que sí convergen varios de los mundos: Me encanta escuchar y estudiar a Dowland; me encanta estudiar, interpretar y escuchar lo vocal de Bach; me encanta escuchar y sacar pop hecho por hombres, me encanta estudiar e interpretar el canto gregoriano, y me encanta escuchar y estudiar los corales de la música sacra cecilianista. 

Me gustaría saber si a mis colegas músicos les pasa algo similar... O si sólo soy yo. 

lunes, 13 de julio de 2020

Mi historia con el tiple

Hace dos años escribí acerca de mi bandola: impresionesceballina.blogspot.com/fiebre-de-bandola

Así que recapitulando: Cuando estaba en el colegio era bandolista en la estudiantina de música colombiana. Tocaba la bandola andina, el instrumento melódico al que acompañaban el tiple, la guitarra y hacia el final el contrabajo. Ese era el formato instrumental de nuestra estudiantina. 

Mis papás quisieron que aprendiera guitarra desde muy pequeña, pero no le encontré el gusto porque me salían unas ampollas terribles, y progresaba muy lento como para sentirme motivada. Sin embargo aprendí lo básico, y sé cómo funciona el instrumento. Como mis dedos son de yema pequeña la bandola me pareció más fácil, pues las cuerdas eran más suaves y las distancias menores, y por su carácter melódico no requería de aquella pesadilla técnica llamada cejilla, que me hacía doler la mano. El tiple se me hacía similar a la guitarra, entonces no quise ni intentarlo. 

Años después, ya en mitad de carrera, me hice muy frecuente en la casa del grupo apostólico al que pertenecí muchos años de mi vida. El sacerdote que nos dirigía era muy viejito en ese entonces, y además era invidente, pero para mí era como mi abuelito, lo quería muchísimo. Me hice muy amiga de la empleada doméstica de la casa y del chofer, y me encantaba ver la televisión con ellos y contarles mis problemas. El padre tocaba el tiple, con él se acompañaba y cantaba muy bien las canciones de misa, cumbias, bambucos y rancheras. Un día, sabiendo que yo andaba por ahí desocupada, me pidió que afinara su tiple, a pesar de que le dije que no tenía ni idea de cómo, pero él me dictó las notas de afán y se fue. Afiné lo mejor que pude el tiple y me puse a experimentar con él porque no había afán de entregarlo. 

La sonoridad era especial, como la de una guitarra de doce cuerdas pero mejor, con todo ese derroche de armónicos, y el mástil no era tan ancho como el de una guitarra, en general era más pequeño y manejable. Desde ese momento me obsesioné con tener un tiple, así que con un dinero que había ganado cantando villancicos en Navidad, me compré uno, el más barato que encontré, porque era sólo para aprender. 

Aprendí las nociones básicas y compuse muchas canciones con él, pero la fiebre se pasó pronto, porque se diluyó entre otras ocupaciones, y me di cuenta de que no era muy buena, no es que me saliera muy natural. Lo abandoné, lo dejé llenarse de polvo y me fui a Inglaterra a hacer la maestría sin él. Es más, no lo extrañé mucho tampoco. 

Cuando me casé lo desempolvé y lo abrí, al tiempo que lo hice con la bandola. Repasé las nociones básicas con ayuda de algún video de YouTube y volví a intentar tocarlo. Lo llevé a un almacén de guitarras para un cambio de cuerdas, y el tipo lo miró con desaprobación y me dijo que no era un tiple NADA fino. Pero bueno, ya un poco más madura, y con el tiempo disponible, he podido sacarle lo necesario para acompañarme. Porque en el piano toco muchas piezas de piano solo, y no siempre canto, pero siempre que toco tiple canto, y lo prefiero cuando me siento melancólica o romántica. Su tamaño se ajusta al tamaño de mi cuerpo de forma que en vez de cubrirme como una guitarra, se hace parte de mí, y lo puedo tocar sentada en el sofá o en mi cama, no como el piano, que está fijo en un lugar. 

Más adelante, si el dinero me sobra, me gustaría tener un tiple más fino, y aprender la técnica con más seriedad. 

El Curita dueño del tiple que afiné aquel día falleció hace unos años, y su muerte es lo que más me ha golpeado en la vida, porque no he perdido a ningún familiar aún, y él era como familia para mí. Cuando estoy tocando canciones en el tiple pensadas para entretener a las personas cuando se ofrezca, me acuerdo de él y del genuino cariño con que cuidaba de mi alma y a la vez me celebraba mis peculiaridades y motivaba a ser única... Me da tristeza, pero también siento que su presencia se perpetuó en mí a través del tiple, y así nunca lo olvidaré. 

miércoles, 4 de marzo de 2020

Canciones determinantes: Clocks

En 1997 salieron "Karma Police" y la "Bitter sweet symphony", y en el 99 salió "Porcelain" de Moby. Yo era una pequeña niña, y podría afirmar que no noté la existencia de estas canciones en el momento. Más adelante, alrededor de los 10 años (en el 2001), me empecé a percatar de ellas y me encantaban cuando las escuchaba en la radio, había algo en ellas misterioso y profundo que cautivaba mi cerebro de niña introvertida. 

Estaba acostumbrada a que la música era el pop que ponían mis compañeras para hacer coreografías, o el Joan Manuel Serrat y el Paul Simon que escuchaban mis papás en la casa; pero en ninguno de esos estilos me veía identificada, no era así como me sentía exactamente, en cambio podía verme cantando las canciones que mencioné a media voz sobre una cama de "sonidos cósmicos", y aunque no entendía la letra, ni me molesté nunca en hacerlo, suponía que debía decir algo muy real y significativo para mí. 

En el 2002 mi situación en el colegio se hizo realmente difícil: crecí mucho de repente y me hice mujer de un momento a otro, con tan solo 11 años. La melancolía natural que siempre me ha caracterizado se hizo un hecho tangible y definitivo, y también me enamoré, lo más natural en ese mar de hormonas. La vida era realmente "bitter sweet", y aún faltaba mucho por vivir, había una perspectiva enorme de emociones y situaciones que me esperaban en la nueva etapa que comenzaba. 

En ese contexto escuché "Clocks" de Coldplay. 

Los "sonidos cósmicos" estaban ahí, pero el tempo era más enérgico, el beat más claro, y la voz no era apenas emitida con pereza, sino realmente cantada, la melodía era cantable y pegajosa. Así era exactamente como me sentía: el misterio y la profundidad eran algo en lo que iba a entrar, y ya iba a poder entender e iba a poder crear y cantar por mí misma. 

"Clocks" cambió el sabor de la época, y por siempre representará para mí el lado más luminoso de crecer. Si el crecimiento y los cambios en mi interior se sentían como una nebulosa inabarcable, con esta canción tomaron forma y dirección. No sé decir si Coldplay determinó mi estilo, o si encajó en mi estilo, pues siempre me incliné por ese tipo de sonoridades. ¿qué determinará que uno tenga ciertos gustos? Supongo que los gustos son algo que no se puede explicar, y en ellos se manifiesta la casi infinita diversidad de seres humanos que hay.

En fin... Todo salió bien, Laura de 11 años, aunque casi 20 años después sigues siendo joven, y sigues creciendo, explorando y luchando. 






jueves, 21 de marzo de 2019

5 años, 3 miradas, en retrospectiva


Hace 5 años casi exactos recibí mi diploma de Músico. Lo recibí agotada físicamente, y con la sensación de que había tomado la decisión equivocada al elegir los énfasis que elegí: canto y composición. 

El último año de carrera mi desempeño no había sido muy bueno, y pensé que no sabía componer, y recién me gradué me di cuenta de que mi técnica vocal no era perfecta. A pesar de estar conflictuada e insegura de mis habilidades, me vi obligada a lanzarme a la vida profesional. 

Comencé dando clases particulares, también en una Escuela de Artes y cantando en un coro de música sacra de aficionados. Yo me veía a mí misma con desconfianza, y sólo deseaba solucionar mi vida personal, profundizar en mi espiritualidad, aliviar mi salud. Era un tiempo de transición en varios sentidos, y no se me había ocurrido retomar mis sueños, pensar a dónde quería llegar con mi profesión. 

Una segunda mirada se adicionaba a mi propia mirada introspectiva. Se trataba de algo que crecía como una sombra abrumadora que entorpecía mi visión: los inclementes juicios de mis familiares. Y no digo que esté mal preocuparse por las generaciones más jóvenes de la familia, y tampoco le veo nada de malo a la forma en que mis padres, tíos, abuelos y primos llevan sus propias vidas; sólo sé que ha sido muy duro cargar con la pretensión de que un oficio no ordinario funcione dentro de los parámetros de las profesiones más ordinarias. 

Sentía mucha presión, debía conseguir algo "estable", es decir: Un empleo de tiempo completo, bien pago y con prestaciones de ley. 

Pero a la vez no tenía idea de dónde buscarlo, porque no tenía claridad de qué quería hacer, o simplemente de qué se podía hacer. Pensé que el campo desde el que podría encontrar un trabajo así con más facilidad era el de la Musicología, y por eso me fui a hacer la maestría en Musicología en el exterior. 

Unas vez lejos de mi tierra y mi gente, vi clarísimo de nuevo que lo que me realizaba, lo que me permitía ser yo misma plenamente era cantar y componer. No había cometido ningún error en mi elección, solamente era joven... ¡¡Cuánta mentira hay en pensar que de las Universidades salen profesionales hechos, terminados a cabalidad!! Si aún queda el resto de la vida para que uno vaya dominando su oficio...

Una vez de vuelta me dediqué a estudiar por mi cuenta, a poner en práctica lo que sólo conocía en teoría, a cantar y a tocar. La música se debe interpretar mucho para que uno pueda comprenderla. Muchas horas dediqué a mejorar mis habilidades en el teclado, en el canto, en la armonización, en mi escucha. Y también pude compartir un poco más de mi proceso y mis habilidades, porque una tercera mirada apareció: la mirada expectante de los extraños del internet. Ellos no me ven como me veo yo, ni como me ve mi familia, no hay nada más refrescante. 

Esta semana en ensayo de coro, me di cuenta de cuánto he crecido como cantante. Acompañando a un estudiante de canto, vi cuánto he avanzado como pianista; y al escuchar una pieza me di cuenta de que sé cómo componer algo así. ¡¡Y sólo han pasado 5 años, que en toda una vida son muy poco, casi nada!! Me gradué en mis 20s, y todavía estoy en mis 20s. 

Después de 5 años, sigo dando clases particulares y en una Escuela de Artes, y canto en un coro de música sacra. Los de la segunda mirada pueden creer que estoy estancada, pero yo no lo veo así, y me siento satisfecha. Ahora doy clases no sólo de canto, sino también de piano, teoría, y dirijo un pequeño coro; y el coro en el que canto ya no es de aficionados, es de profesionales. No cambiaría absolutamente nada de lo que ha pasado estos 5 años, así me implicara una deuda de préstamo estudiantil abrumadora, desacuerdos y lágrimas en abundancia. 

Sigo buscando un ingreso estable para poder pagar mi deuda, pero con toda la certeza de que soy Cantante y Compositora. No abandono la idea de un "empleo estable", pero sé que puede no ser mi única opción. La forma de ganarme la vida que la Providencia disponga es un misterio, sólo sé que aunque paguen o no paguen, yo seguiré cantando y componiendo.   



miércoles, 27 de junio de 2018

Fiebre de bandola

La vida de casada ha traído sus retos, pues no podría tratar de negar que, como trabajo por horas dando clases de música, la mayor parte del tiempo soy ama de casa, y distribuyo mi tiempo entre el oficio de la casa y mis proyectos personales como músico que soy de profesión. Antes de casarme me trasnochaba chateando con mi prometido y me levantaba tarde todos los días, porque las clases que doy son en la tarde. Ahora que vivimos juntos, no tenemos que trasnochar chateando, y nos vamos a dormir a la hora precisa para que él madrugue a trabajar. Me levanto entonces a preparar el desayuno y a acompañarlo mientras se alista, y me queda un día bastante más largo que de costumbre en mi vida de soltera. 

Pensé que ese tiempo extra me lo gastaría en las labores domésticas, pero lo cierto es que aún así me sigue sobrando. Ayer, en el colmo de la pereza y el despilfarro, estuve clavada más de dos horas al YouTube, viendo uno tras otro videos de 20 minutos, 40 minutos, etc., como quien antaño canaleaba frente al televisor. Almorcé y tuve que salir un momento, y cuando volví todavía faltaban dos horas para que mi esposo llegara a la casa. Me dije que ese tiempo sí tenía que ser bien aprovechado como fuera, y recordé que hace tiempo tenía pendiente leer un artículo de un musicólogo sobre el instrumento que aquí en Colombia llamamos "bandola", o "bandola andina", para diferenciarla de la "bandola llanera".



Hace más de 10 años tocaba la bandola en la Estudiantina de mi colegio, en la que no sólo era yo de las únicas dos mujeres en un grupo de alrededor de 20, sino que era la peor bandolista. Sin embargo, el instrumento me causaba una especie de fascinación romántica por su forma de laúd pequeño, y en mi cumpleaños de 16 pedí que me regalaran una. Supongo que la última vez que la toqué fue hace 10 años, porque la abandoné por completo cuando llegaron otros intereses, y la tenía arrinconada acumulando polvo.

Hace dos años, haciendo un trabajo para la maestría, encontré este artículo que mostraba a través de imágenes la evolución del instrumento hasta lo que es hoy, pero como no era relevante para mí en ese momento, lo puse en mi lista de lectura libre, porque sí me interesaba. En fin... Ayer se me presentaron las dos horas perfectas para leerme el artículo en una sentada y salir de eso después de dos años de tenerlo ahí. Y sí... Como me pasa siempre que leo algo de historia de mi país, me embargaron los sentimientos románticos de nostalgia patriótica de pensar que este pequeño instrumentito melódico me conecta con otras generaciones y reafirma en mi identidad como colombiana. 

Siempre me ha inquietado el pasado de mi familia, porque de antes de mis bisabuelos no sé nada, porque nadie sabe nada. Con la madurez me he ido adaptando a la idea de que debo descender de humildes y honestos peoncillos donnadies, no obstante y según el artículo, de algo puedo estar segura, y es de que bailaron al compás de música acompañada por bandolas. No es descabellado imaginar que varios de mis parientes tocaron el instrumento también, y hasta con gran virtuosismo, o con gran sentimiento... Si son antepasados míos es más probable que tocaran con pasión que con virtuosismo. 

Leí las últimas páginas del artículo de afán, porque me estaba muriendo por abrir el empolvado estuche de mi bandolita para contemplarla y tocarla. La negligencia era tal que no había primeras cuerdas, pero bueno, la medio afiné, intenté tocar escalas y lo logré. Llegó mi esposo, me apresuré a saludarlo y a comer con él, y volví a mi bandola. Una hora estuve dándole anoche, otra hora esta mañana que no fue más porque mis dedos no están acostumbrados y se resienten, y probablemente esta noche me engome otro rato. La situación ha cambiado mucho desde que tenía 14 años: Ya sé leer partituras, y he cogido técnica y callo por tocar tiple, un instrumento con el que me obsesioné a los 21 años. Por estas razones he podido tocar la bandola fácilmente y con cierta fluidez. 

Pero bueno... ¿Qué rayos significa esto? ¿De qué me sirve tocar bandola hoy en día, que no tengo ensamble al cual unirme como bandolista? ¿Si yo soy cantante? Si últimamente me dedico a la música sacra y a mi propio repertorio... ¿Dónde encajaré esta maravilla? Ya veremos qué me ingenio. 

miércoles, 4 de abril de 2018

El reto del youtuber

Mis hermanas, que son menores que yo, se extrañan de que a mi prometido y a mí nos guste tanto YouTube. Ambos abrimos canal propio sólo para poder apoyar a nuestros youtubers favoritos, y la verdad es que siempre que nos vemos, tenemos que actualizarnos juntos en lo que las personas que seguimos han hecho. No sé explicarlo, pero preferimos ver las ocurrencias de las personas en YouTube, que seguir una serie de Netflix. 

En los canales que sigo yo hay desde historia, maquillaje, manualidades, tejido, hasta por supuesto, música: canales de personas que se dedican a hacer reflexiones y explicaciones sobre diversos aspectos de la música. 

Hace más de un mes dos de los canales de música que seguimos, hicieron una colaboración. Hablaron de porqué no es posible inventarse algo completamente nuevo en el mundo de la música, y uno de ellos, Jaime Altozano, lanzó un reto al final del video. El reto consistía en hacer una nueva pieza musical tomando elementos de otras canciones de forma muy sutil, y el ejemplo que él había puesto era simple y hasta cómico, así que decidí hacer algo así también, completamente libre de pretensiones. 



Precisamente había visto por esos días Moana, la película de Disney, y las canciones me habían fascinado, acepto que me obsesioné como si fuera una niña de 10 años. Entonces, en un arrebato de euforia loca y amor por la música, respondí al reto. Tomé elementos musicales de las canciones de Moana, y las letras del doblaje latino de otras tres películas de Disney, para acomodarlas sobre una base estilo Dido, aquella artista de cuando yo era adolescente. La composición, la grabación y el video los hice bajo tal frenesí que me tomé solo dos días para todo, y lo envié sin pensarlo a Altozano. La semana siguiente recibí la respuesta de que le había gustado lo que hice. 


Pasaron otras dos semanas y entramos en Semana Santa, en la cual tuve que cantar dos celebraciones del Triduo. Me fui a ensayo el martes, y cuando volví tenía más de 30 notificaciones de YouTube. Altozano había subido la compilación de los mejores resultados de su reto, y ahí estaba el mío. A la gente le había gustado especialmente, y sin darme cuenta, pasé de tener 4 suscriptores a tener 70 para el final de ese día. 



Es algo que no esperaba para nada. No respondí al reto buscando la fama internacional, y sin tener planeado nada, cientos de extraños me han pedido que suba más cosas. Si todas esas personas supieran lo baja que ha sido mi confianza, y que por eso nunca habría subido nada si no fuera por el estado de euforia y pasión por la música en que me encontraba... Espero vivir en ese estado desde hoy y para siempre. 

martes, 27 de septiembre de 2016

Presentando mis Impresiones

Acabo de regresar al país después de hacer una maestría en investigación musical. Pensé que me resultaría sencillo sacarla adelante porque me gusta mucho leer y saber cosas, sin embargo me di un tropezón con el hecho de que eso no es suficiente para ser investigador. Para ser investigador hay que tener tal vocación, y yo no la poseía. 

Sacar adelante algo para lo que no estás hecho es un poco difícil. Sobretodo para mí, que siempre he ido por la vida haciendo lo que quiero en términos académicos. En el colegio me fue muy bien siempre y en el pregrado aún mejor, a excepción del proyecto de investigación, en el que casi fracaso (¿Cómo no tuve en cuenta esta señal antes de irme?). El colegio era un paso necesario para cumplir mis sueños y lo superé sin problemas; y se veía claramente desde mi infancia que debía dedicarme a la música. Pues bien, la música es muy amplia, y diversas circunstancias me alejaron de mi verdadero llamado dentro de la música y me llevaron a elegir la investigación.

Pero llegó el momento de forzar algo que no me fluía, lo que me llevó a plantearme qué es lo que realmente quiero hacer con mi vida y qué tan factible es. ¿Cuál es mi vocación?  Había tantas cosas que quería hacer antes que rebuscar evidencia en catálogos y publicar nuevos descubrimientos o perspectivas con respecto a un tema, así este me apasionara... Quería cantar, tocar, crear, organizar, tejer e ir a cazar tesoros. Quería leer por placer y luego escribir cualquier cosa, sin tener que citar, tal vez inventar, tal vez rimar. Quería ahondar en mi y ver qué salía.

No puede ser que impregne todo lo que pueda de mi peculiaridad y no vaya a hacer nada con eso...  ¿Cómo se me pudo pasar que lo que yo tengo que hacer es expresarme? Pues bien, he aquí una salida que encontré. 

No soy una persona que se alimente mucho de estímulos. Soy más bien tremendamente impresionable. Cuando descubro una canción o un álbum que me gusta, lo escucho hasta el cansancio por años, restringiéndome sólo a él. No me interesa mucho saber más del género, o del artista en algunos casos; lo he intentado y la mayoría de veces descubro que es sólo esa pieza la que considero digna de mi fascinación. Lo mismo me sucede con la literatura. No me interesa leer todo lo que sale al mercado, ni lo que recomiendan por ahí. Conozco bastante de historia de la literatura y con enciclopedia en mano elijo piezas que sé que conectarán conmigo. Con las películas ha sido diferente, he visto lo que se me ha atravesado, pero cada día soy más selectiva, y me aferro a unos pocos trabajos. 

A todo esto que selecciono de entre mucho le saco el máximo provecho, y ya después de un tiempo lo que quedan son elementos y reflexiones que vienen a hacer parte de mi personalidad. De todas estas cosas, y de sus elementos y reflexiones escribiré en este blog para que me conozcan, y tal vez vean a través de nuevos ojos algo que creían conocer. 

El último mes

Mi querido y maltrecho Mac de segunda mano, que alegría me da estar acariciando tus suaves teclas, en comparación con las del enorme y profe...